“Aunque el sistema falle, la esperanza de un tratamiento que cambie nuestras vidas no debería fallar nunca."
David Esteban Mateos
Una enfermedad que avanza sin pausa
Convivir con espondilitis anquilosante no es solo enfrentarse al dolor, sino también a la falta de comprensión y apoyo dentro del propio sistema sanitario. Muchas veces siento que no se nos escucha: no se hacen las pruebas necesarias, y todo lo que ocurre se achaca directamente a la enfermedad, sin buscar más causas ni soluciones. Esta sensación de abandono dentro de la sanidad pública deja a muchos pacientes como yo en un punto muerto, sin opciones reales de mejora.
Esta enfermedad provoca la soldadura progresiva de las vértebras, junto con una inflamación constante y dolor persistente que se acompaña, en ocasiones, de fiebres altas. Cada brote supone un retroceso, y cada día empieza con la incertidumbre de no saber si el cuerpo responderá o si el dolor dejará margen para hacer una vida normal. Aun queriendo mantenerse activo, la pérdida de movilidad y la rigidez se imponen con el tiempo, afectando tanto al cuerpo como al ánimo.
Un tratamiento insuficiente para una esperanza que resiste
El tratamiento actual ayuda a aliviar el dolor, pero en una enfermedad degenerativa como esta, el alivio suele ser pasajero. A veces tengo la sensación de que “no hace nada”, porque el daño sigue avanzando sin freno. Ni siquiera consigo acceder fácilmente a rehabilitación, algo que sería fundamental para mantener la movilidad y frenar el deterioro.
Aun así, sigo creyendo que un tratamiento adecuado – continuado, accesible y enfocado en mejorar la calidad de vida - podría cambiar mucho las cosas. No solo se trata de aliviar el dolor, sino de poder volver a moverme sin miedo, sin rigidez, sin depender constantemente de los fármacos o de un sistema que muchas veces no responde.
Aportar para construir un futuro
Aunque mi aportación sea pequeña, siento que cada paso cuenta si sirve para impulsar mejoras o apoyar la investigación. Mi compromiso nace de la convicción de que nadie debería sentirse abandonado por su enfermedad y de que el tratamiento no puede ser un privilegio, sino un derecho.
Mientras llega un tratamiento que verdaderamente marque la diferencia, seguiré luchando, dando voz a quienes convivimos con el dolor y recordando que, incluso cuando el sistema falla, la esperanza no debería hacerlo nunca.
Publicación: