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Federación española de enfermedades raras

Querido dolor...

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Querido dolor...

Angeles

Querido dolor: Te escribo cuando ya es evidente que el diálogo entre nosotros es imposible. Abusas de tu poder sobre mí y me acabas gritando con ese tono chillón y bronco, ante el que no cabe ni una súplica ni miles de lágrimas. Somos esa pareja mal avenida al margen de la reconciliación y sin un apartado en la ley de divorcio. Golpeas con tanta insistencia y fuerza que deberían ponerte una orden de alejamiento por maltrato continuado. Pero no tengo pruebas que te delaten. Dejas las marcas por dentro, en el cuerpo quieto y en el alma rota. Quiero aproximarme mentalmente a tu llegada y no consigo precisar el momento en que te pegaste a mi cuerpo con un apego desmesurado que crece con los días y dentro de los días aumenta con las horas. Quizá te encontré en la calle, abandonado a tu suerte por otro cuerpo que finalmente consiguió desahuciarte. Puede ser que me compadeciera de ti y que esta mirada sensible y este cuerpo recién salido de alguna de las muchas batallas, hicieran de tu suerte la mía ofreciéndote mi mano sin saber que acabarías agarrándote sin piedad a mi cuello. Te sentaste en mi silla, comiste en mi mesa, ocupaste un lugar en mi cama, te instalaste en mi casa y lo llenaste todo de frío y soledad. Me aplico para no verte como enemigo y cada día cultivo pensamientos de reconciliación contigo. Me afano en desaprender el discurso de malditas piernas”, desafortunada espalda”, maltrechas caderas”… y oculto con dolor ese dolor, raro donde lo haya, detrás de las orejas, en las aletas de la nariz o circulando por las venas sin límite de velocidad, que a los vecinos del quinto cielo les partiría de risa escucharlo, mientras a mí me parte de pena. Porque toda esa anatomía, hermosa por naturaleza, no eres tú. Ella es la víctima de tu ensañamiento despiadado. De ti, agarrado a mis cuatro esquinas y a mis cien rincones, erosionando, desesperando, malmetiendo…, pero que te quede claro que no soy tú, que no quiero ser tú ni que se me identifique contigo. Eres un okupa instalado descarada y burlonamente en estancias que fueron tranquilas y aún conservan en los cristales reflejos de vistas al mar. No voy a ser transigente. Algunos días permitiré que dirijas mi vida porque ya he visto que tienes súper poderes para hacerlo. Esos días me quedaré quieta, observando tu comportamiento, tus estrategias y derramando porqués. Dedicándote más tiempo del que intencionadamente quisiera con la esperanza de conocerte mejor para que no me molestes por molestarte o para en el momento en que menos lo esperes, hacer lo que me sale de dentro, propinarte una patada en ese sitio dónde dicen que la espalda pierde su casto nombre. Eres cruel, eres un niño caprichoso que patalea para que le hagan caso y al que cuesta entretener. Correteas por los pasillos de mi cuerpo hasta no poder precisar dónde realmente te encuentras y dónde solo suena el eco de tus pasos. Me despiertas sin piedad por la noche, mientras yo procuro no moverme para que descanses tranquilo y tu desvelo no sea mi desvelo en esas horas oscuras en que el tiempo camina lento. Eres consentido e implacable. Cruel, inoportuno hasta el límite, berreante, chillón… a veces negro, pero no me das miedo, me das rabia, ganas de poderte, desafío de lucharte. Y siento una impaciencia inmensa por disfrutar de tu olvido, de cinco minutos sin ti, para poder rememorar cómo era antes todo. Te quiero pequeño y mejor fuera de mí. En un lugar neutral, frente a frente. Para vernos las caras, sin que duela. Mª Ángeles Ruiz. Última actualización 10/05/2021úl

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